(El primer hombre Albert Camus )
... Después venía la clase. Con el señor Bernard era
siempre interesante por la sencilla razón de que él amaba
apasionadamente su trabajo. ..Fuera, ya podía caer la lluvia en cataratas interminables, como suele ocurrir en Argelia, que la clase apenas se distraía...
Pero
el método del señor Bernard, que consistía en no aflojar en materia de
conducta y por el contrario dar a su enseñanza un tono viviente y
divertido, triunfaba incluso sobre las moscas que intentaban
distraernos.
Siempre sabía sacar
en el momento oportuno los tesoros de la colección de minerales, el
herbario, y los insectos disecados, los mapas o la linterna mágica ... y
así conseguía despertar el interés languideciente de los alumnos.
En
aritmética había instituido un concurso de cálculo mental que obligaba
al alumno a ejercitar su rapidez intelectual. Lanzaba a la clase, donde
todos debían estar de brazos cruzados, los términos de una división, una
multiplicación o , a veces, una suma un poco complicada. "¿Cuánto suman
1.267+691?" El primero que acertaba con el resultado justo ganaba un
punto que se acreditaba en la clasificación mensual.....
Los
manuales eran siempre los que se utilizaban en la metrópoli, en
Francia, a miles de kilómetros. Y aquellos niños que sólo conocían el
viento seco del siroco, los chaparrones prodigiosos y breves, la arena
de las playas y el mar llameante bajo el sol, leían aplicadamente,
marcando los puntos y las comas, unos relatos para nosotros míticos casi
fantásticos en los que unos niños con gorro y bufanda de lana volvían a
casa con un frío glacial arrastrando haces de leña por caminos
cubiertos de nieve, hasta que divisaban el tejado nevado de la casa y el
humo de la chimenea les hacía saber que la sopa de guisantes se cocía
al fuego..
Para
Jacques estos relatos eran la encarnación del exotismo y lo
maravilloso. Soñaba con ellos.. Para él esos relatos formaban parte de
la poderosa poesía de la escuela.
Sólo la
escuela porporcionaba esas alegrías a Jacques y a Pierre. E
indudablemente lo que con tanta pasión amaban en ella era lo que no
encontraban en casa, donde la pobreza y la ignorancia volvían la vida
más dura más desolada, como encerrada en sí misma; la miseria es una fortaleza sin puente levadizo (...)
En la clase del señor Bernard, por lo menos, la escuela alimentaba en ellos un hambre esencial: el hambre de descubrir.
En
las otras clases les enseñaban sin duda muchas cosas, pero un poco como
se ceba a un ganso. Les presentaban un alimento ya preparado rogándoles
que se lo tragaran.
En clase del señor
Bernard sentían por primera vez que existían y que se les consideraba:
se les consideraba dignos de descubrir el mundo.
Más aún, el maestro no se dedicaba solamente a enseñarles lo que le pagaban para que enseñara:
los acogía con simplicidad en su vida personal, la vivía con ellos
contándoles su infancia y la historia de otros niños que había conocido,
les exponía sus porpios puntos de vista, no sus ideas, pues sieno, por
ejemolo, anticlerical como muchos de sus colegas, nunca decía en clase
una sola palabra contra la religión ni contra nada de lo que podía ser
objeto de una elección o una convicción, y en cambio condenaba con la
mayor energía lo que no admitía discusión: el robo, la delación, la
indelicadeza, la suciedad.
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